jueves, 5 de agosto de 2010

La Transfiguración del Señor

Orar es ir al encuentro del Señor, ante todo, para escuchar. Y no para escuchar de cualquier manera sino con una disposición interior de docilidad, de obediencia. Orar es escuchar la palabra de Dios para ponerla en práctica.
Moisés subió al Sinaí y allí recibió del Dios Misericordioso las Tablas de la Ley. Él mismo quedó transformado, casi transfigurado, después de su encuentro con el Señor. Elías recibió su misión en el Horeb. Allí le habló Dios en una brisa suave.
Pedro, Santiago y Juan subieron al encuentro del Señor en el Monte de la Transfiguración -el Tabor, según la Tradición-. Debió ser un largo rato de oración, quizá un día entero porque estaban rendidos de sueño cuando vieron la gloria de Jesús. Entonces se sintieron bien, tanto que querían quedarse allí y estaban dispuestos a hacer tiendas para Jesús, para Moisés y para Elías. No sabían lo que decían. Era un bien-estar algo fuera de sí mismos. También sintieron temor al oír la voz de Dios.
Fatiga, bienestar, temor... Todo esto puede sentirse sucesivamente en la oración. La perseverancia fatiga. Cuando es Dios qien habla -y no la propia imaginación- no es raro que el hombre sienta temor y paz, como los Apóstoles, y que no sepa lo que dice.
Lo que oyeron Pedro, Santiago y Juan fue Este es mi Hijo amado: escuchadle. Vieron la gloria de Jesús y recibieron la misión de escucharle. El mismo Dios los preparaba así para otras luchas, para los momentos difíciles de la Cruz.
Todos necesitamos perseverar en la oración -aunque canse-. Solamente así podemos abrazar la Cruz y ser testigos de la Resurrección de Cristo.

miércoles, 4 de agosto de 2010

La Dedicación de la Basílica de Santa María

Después del Concilio de Éfeso (431), en el que la madre de Jesús fue proclamada Madre de Dios, el papa Sixto III (432-440) erigió en Roma sobre el monte Esquilino, una basílica que fue llamada más tarde “Santa María la Mayor”. Es la iglesia más antigua dedicada en Occidente a la Virgen María. (Cfr Liturgia de las Horas)

Santa Dei Genitrix. Ora pro nobis.
Santa Madre de Dios. Ruega por nosotros.
San Cirilo, obispo de Alejandría, lo dijo mejor, pero con más palabras, en su discurso a los Padres reunidos en Éfeso. ¡Viva San Cirilo!

martes, 3 de agosto de 2010

San Juan María Vianney, presbítero.

Juan María Vianney nació tres años antes de la Revolucion Francesa - el 8 de mayo de 1786-. Su infancia y su adolescencia transcurrieron en un ambiente campesino de pobreza y piedad. Allí prendió su vocación sacerdotal. Alguna vez le confió a su madre: "Si fuera sacerdote, querría conquistar muchas almas". 
No eran tiempos fáciles para la Iglesia en Francia. Los sacerdotes que se habían negado a jurar los principios revolucionarios estaban proscritos y celebraban la Misa a escondidas. Para asistir a esas celebraciones el joven Vianney, como todos los cristianos fieles, tenía que salir de su casa y de su pueblo por la noche y recorrer largas distancias.
A los 17 años Juan María era analfabeto. Algunos sacerdotes supieron ver detrás de su incultura un espíritu recio y hondo y le ayudaron a estudiar. Pero entonces llegó la guerra. Napoleón reclutaba soldados para invadir España. Vianney fue llamado a filas. Entró a rezar en la iglesia mientras sus compañeros partían para el frente y, cuando se presentó a la oficina de reclutamiento estuvieron a punto de declararlo desertor. Confiando en su palabra lo dejaron partir solo en busca de los demás reclutas pero se perdió y acabó en un bosque donde se refugiaban algunos prófugos.

Que llegara a ser sacerdote en esas circunstancias fue un milagro. Tenía veintinueve años cuando fue ordenado como diácono y treinta cuando, por fin, recibió la ordenación sacerdotal. No había sido una carrera brillante ni fácil. No hubo premios ni honores ni aplausos sino horas de estudio, fracasos, perseverancia, humillaciones y lágrimas. Solamente alguien que desea con toda su alma llegar al sacerdocio puede perseverar así. Y ser sacerdote no era, precisamente, un honor en aquella Francia que consideraba la religión como un obstáculo para el progreso. Pero Juan María tenía ese deseo de conquistar almas y entendía el sacerdocio como un regalo precioso: solo se comprenderá la grandeza del sacerdocio en el cielo -decía-. Si el sacerdote se comprendiera moriría de amor.

Había entendido que ser sacerdote es ser otro Cristo y no buscaba sino identificarse con Él orando ante el sagrario y dedicando muchas horas a atender a los penitentes en el confesonario. Así, como a otro Cristo, lo vieron quienes lo conocieron. No eran sus cualidades humanas las que atraían a las personas sino esa perfecta identificación con Cristo a quien amaba.

Un sacerdote de Cristo no puede desear otra cosa que conquistar almas para Cristo. Por eso, si no somos santos, nos queda muy grande el sacerdocio. También por eso debemos pedir a todos que recen por nosotros para que seamos santos; para que quien nos vea, vea a otro Cristo.

lunes, 2 de agosto de 2010

San Juan María Vianney, presbítero.

El sacerdocio nos viene grande si no somos santos. No hace falta ser muy listo para ser cura, ni muy simpático, ni ir a la moda. San Juan María Vianney fue un sacerdote de Cristo: pobre, casto, humilde, enamorado.
¿Queréis que pidamos sacerdotes así? ¿Queréis rezar para que seamos así los sacerdotes?
El 4 de agosto de 2009 celebrábamos el 150 aniversario de su muerte. Al día siguiente, Benedicto XVI decía esto:

BENEDICTO XVI
AUDIENCIA GENERAL
Palacio pontificio de Castelgandolfo
Miércoles 5 de agosto de 2009
San Juan María Vianney, cura de Ars

Queridos hermanos y hermanas:
En la catequesis de hoy quiero recorrer de nuevo la vida del santo cura de Ars subrayando algunos de sus rasgos, que pueden servir de ejemplo también para los sacerdotes de nuestra época, ciertamente diferente de aquella en la que él vivió, pero en varios aspectos marcada por los mismos desafíos humanos y espirituales fundamentales. Precisamente ayer se cumplieron 150 años de su nacimiento para el cielo: a las dos de la mañana del 4 de agosto de 1859 san Juan Bautista María Vianney, terminado el curso de su existencia terrena, fue al encuentro del Padre celestial para recibir en herencia el reino preparado desde la creación del mundo para los que siguen fielmente sus enseñanzas (cf. Mt 25, 34). ¡Qué gran fiesta debió de haber en el paraíso al llegar un pastor tan celoso! ¡Qué acogida debe de haberle reservado la multitud de los hijos reconciliados con el Padre gracias a su obra de párroco y confesor! He querido tomar este aniversario como punto de partida para la convocatoria del Año sacerdotal que, como es sabido, tiene por tema: "Fidelidad de Cristo, fidelidad del sacerdote". De la santidad depende la credibilidad del testimonio y, en definitiva, la eficacia misma de la misión de todo sacerdote.
Juan María Vianney nació en la pequeña aldea de Dardilly el 8 de mayo de 1786, en el seno de una familia campesina, pobre en bienes materiales, pero rica en humanidad y fe. Bautizado, de acuerdo con una buena costumbre de esa época, el mismo día de su nacimiento, consagró los años de su niñez y de su adolescencia a trabajar en el campo y a apacentar animales, hasta el punto de que, a los diecisiete años, aún era analfabeto. No obstante, se sabía de memoria las oraciones que le había enseñado su piadosa madre y se alimentaba del sentido religioso que se respiraba en su casa.
Los biógrafos refieren que, desde los primeros años de su juventud, trató de conformarse a la voluntad de Dios incluso en las ocupaciones más humildes. Albergaba en su corazón el deseo de ser sacerdote, pero no le resultó fácil realizarlo. Llegó a la ordenación presbiteral después de no pocas vicisitudes e incomprensiones, gracias a la ayuda de prudentes sacerdotes, que no se detuvieron a considerar sus límites humanos, sino que supieron mirar más allá, intuyendo el horizonte de santidad que se perfilaba en aquel joven realmente singular. Así, el 23 de junio de 1815, fue ordenado diácono y, el 13 de agosto siguiente, sacerdote. Por fin, a la edad de 29 años, después de numerosas incertidumbres, no pocos fracasos y muchas lágrimas, pudo subir al altar del Señor y realizar el sueño de su vida.
El santo cura de Ars manifestó siempre una altísima consideración del don recibido. Afirmaba: "¡Oh, qué cosa tan grande es el sacerdocio! No se comprenderá bien más que en el cielo... Si se entendiera en la tierra, se moriría, no de susto, sino de amor" (Abbé Monnin, Esprit du Curé d'Ars, p. 113). Además, de niño había confiado a su madre: "Si fuera sacerdote, querría conquistar muchas almas" (Abbé Monnin, Procès de l'ordinaire, p. 1064). Y así sucedió. En el servicio pastoral, tan sencillo como extraordinariamente fecundo, este anónimo párroco de una aldea perdida del sur de Francia logró identificarse tanto con su ministerio que se convirtió, también de un modo visible y reconocible universalmente, en alter Christus, imagen del buen Pastor que, a diferencia del mercenario, da la vida por sus ovejas (cf. Jn 10, 11). A ejemplo del buen Pastor, dio su vida en los decenios de su servicio sacerdotal. Su existencia fue una catequesis viviente, que cobraba una eficacia muy particular cuando la gente lo veía celebrar la misa, detenerse en adoración ante el sagrario o pasar muchas horas en el confesonario.
El centro de toda su vida era, por consiguiente, la Eucaristía, que celebraba y adoraba con devoción y respeto. Otra característica fundamental de esta extraordinaria figura sacerdotal era el ministerio asiduo de las confesiones. En la práctica del sacramento de la Penitencia reconocía el cumplimiento lógico y natural del apostolado sacerdotal, en obediencia al mandato de Cristo: "A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos" (Jn 20, 23).
Así pues, san Juan María Vianney se distinguió como óptimo e incansable confesor y maestro espiritual. Pasando, "con un solo movimiento interior, del altar al confesonario", donde transcurría gran parte de la jornada, intentó por todos los medios, en la predicación y con consejos persuasivos, que sus feligreses redescubriesen el significado y la belleza de la Penitencia sacramental, mostrándola como una íntima exigencia de la Presencia eucarística (cf. Carta a los sacerdotes para el Año sacerdotal).
Los métodos pastorales de san Juan María Vianney podrían parecer poco adecuados en las actuales condiciones sociales y culturales. De hecho, ¿cómo podría imitarlo un sacerdote hoy, en un mundo tan cambiado? Es verdad que los tiempos cambian y que muchos carismas son típicos de la persona y, por tanto, irrepetibles; sin embargo, hay un estilo de vida y un anhelo de fondo que todos estamos llamados a cultivar. Mirándolo bien, lo que hizo santo al cura de Ars fue su humilde fidelidad a la misión a la que Dios lo había llamado; fue su constante abandono, lleno de confianza, en manos de la divina Providencia.
Logró tocar el corazón de la gente no gracias a sus dotes humanas, ni basándose exclusivamente en un esfuerzo de voluntad, por loable que fuera; conquistó las almas, incluso las más refractarias, comunicándoles lo que vivía íntimamente, es decir, su amistad con Cristo. Estaba "enamorado" de Cristo, y el verdadero secreto de su éxito pastoral fue el amor que sentía por el Misterio eucarístico anunciado, celebrado y vivido, que se transformó en amor por la grey de Cristo, los cristianos, y por todas las personas que buscan a Dios.
Su testimonio nos recuerda, queridos hermanos y hermanas, que para todo bautizado, y con mayor razón para el sacerdote, la Eucaristía "no es simplemente un acontecimiento con dos protagonistas, un diálogo entre Dios y yo. La Comunión eucarística tiende a una transformación total de la propia vida. Con fuerza abre de par en par todo el yo del hombre y crea un nuevo nosotros" (Joseph Ratzinger, La Comunione nella Chiesa, p. 80).
Así pues, lejos de reducir la figura de san Juan María Vianney a un ejemplo, aunque sea admirable, de la espiritualidad católica del siglo XIX, es necesario, al contrario, percibir la fuerza profética, de suma actualidad, que distingue su personalidad humana y sacerdotal. En la Francia posrevolucionaria que experimentaba una especie de "dictadura del racionalismo" orientada a borrar la presencia misma de los sacerdotes y de la Iglesia en la sociedad, él vivió primero -en los años de su juventud- una heroica clandestinidad recorriendo kilómetros durante la noche para participar en la santa misa. Luego, ya como sacerdote, se caracterizó por una singular y fecunda creatividad pastoral, capaz de mostrar que el racionalismo, entonces dominante, en realidad no podía satisfacer las auténticas necesidades del hombre y, por lo tanto, en definitiva no se podía vivir.
Queridos hermanos y hermanas, a los 150 años de la muerte del santo cura de Ars, los desafíos de la sociedad actual no son menos arduos; al contrario, tal vez resultan todavía más complejos. Si entonces existía la "dictadura del racionalismo", en la época actual reina en muchos ambientes una especie de "dictadura del relativismo". Ambas parecen respuestas inadecuadas a la justa exigencia del hombre de usar plenamente su propia razón como elemento distintivo y constitutivo de la propia identidad. El racionalismo fue inadecuado porque no tuvo en cuenta las limitaciones humanas y pretendió poner la sola razón como medida de todas las cosas, transformándola en una diosa; el relativismo contemporáneo mortifica la razón, porque de hecho llega a afirmar que el ser humano no puede conocer nada con certeza más allá del campo científico positivo. Sin embargo, hoy, como entonces, el hombre "que mendiga significado y realización" busca continuamente respuestas exhaustivas a los interrogantes de fondo que no deja de plantearse.
Tenían muy presente esta "sed de verdad", que arde en el corazón de todo hombre, los padres del concilio ecuménico Vaticano ii cuando afirmaron que corresponde a los sacerdotes, "como educadores en la fe", formar "una auténtica comunidad cristiana" capaz de preparar "a todos los hombres el camino hacia Cristo" y ejercer "una auténtica maternidad" respecto a ellos, indicando o allanando a los no creyentes "el camino hacia Cristo y su Iglesia", y siendo para los fieles "estímulo, alimento y fortaleza para el combate espiritual" (cf.Presbyterorum ordinis, 6).
La enseñanza que al respecto sigue transmitiéndonos el santo cura de Ars es que en la raíz de ese compromiso pastoral el sacerdote debe poner una íntima unión personal con Cristo, que es preciso cultivar y acrecentar día tras día. Sólo enamorado de Cristo, el sacerdote podrá enseñar a todos esta unión, esta amistad íntima con el divino Maestro; podrá tocar el corazón de las personas y abrirlo al amor misericordioso del Señor. Sólo así, por tanto, podrá infundir entusiasmo y vitalidad espiritual a las comunidades que el Señor le confía.
Oremos para que, por intercesión de san Juan María Vianney, Dios conceda a su Iglesia el don de santos sacerdotes, y para que aumente en los fieles el deseo de sostener y colaborar con su ministerio. Encomendemos esta intención a María, a la que precisamente hoy invocamos como Virgen de las Nieves.

lunes, 19 de julio de 2010

San Lorenzo de Brindis, presbítero y doctor de la iglesia.

Nació el año 1559; ingresó en la Orden de Capuchinos, donde enseñó teología a sus hermanos de religión y ocupó varios cargos de responsabilidad. Predicó asidua y eficazmente en varios países de Europa; también escribió muchas obras de carácter doctrinal. Murió en Lisboa el año 1619. (Cfr Liturgia de las Horas).

Padre, me parece que nada me será difícil si puedo tener en la celda un crucifijo. Al parecer eso fue lo que le dijo al Provincial de los capuchinos cuando le hablaba de la dureza de la vida religiosa.
La predicación -decía en uno de sus sermones cuaresmales- nos ayuda a comprender la múltiple riqueza que encierra la palabra de Dios, ya que es como un tesoro en el que se hallan todos los bienes.

jueves, 1 de julio de 2010

Santa Isabel de Portugal

Madre de dos hijos y reina de Portugal a fines del siglo trece. Al morir su esposo distribuyó sus bienes entre los pobres e ingresó en la Orden Tercera de san Francisco. Su memoria perdura en la iglesia por su bondad, paciencia y fortaleza de ánimo en medio de las pruebas que tuvo que soportar. (Cfr. Libro de la Sede).

También el matrimonio y la familia están heridos por el pecado: violencia, celos, infidelidad, rencillas entre hermanos... Uno puede amargarse... o tomar esa Cruz y empeñarse en vencer el mal con abundancia de bien. Este fue el camino que eligió santa Isabel, esposa de Dionisio de Portugal.


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SANTO TOMÁS, APÓSTOL. Fiesta.

Una tradición sitúa su misión apostólica en Persia y en la India. Rubricó con la sangre la confesión de su fe en Jesús resucitado, Dios y Señor.
San Juan consigna algunas palabras de Santo Tomás. Vayamos también nosotros y muramos con él, dirá resueltamente, cuando los otros discípulos, indecisos, temen acompañar a Cristo en su viaje a Jerusalén. No sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?, dirá, también, cuando Jesús les anuncia su partida. Pero Tomás se ha hecho famoso por su incredulidad. Es símbolo del hombre en su lento caminar hacia la fe, resistiéndose a creer, a confiar. Y, sin embargo, nuestra fe se basa en el testimonio de los apóstoles; también del apóstol Tomás. (Cfr Libro de la Sede).

Se lo están diciendo todos: El Señor ha resucitado, lo hemos visto, hemos comido con él. Se lo están diciendo, llenos de alegría, los que estaban, como él, muy abatidos. Pero a Tomás no le convencen ni el testimonio ni la alegría de sus hermanos. Y pasa una semana pensando que todos se han vuelto locos, o que pretenden engañarlo.
A veces pesan, también sobre nosotros, muchos desengaños y decimos: ya no me engañan más. Nuestras experiencias más amargas pueden más que la esperanza y nos encerramos en ellas. Lo pasamos mal, claro, hasta que aceptamos el testimonio de la Iglesia que ni se engaña ni nos engaña cuando anuncia la alegría de la Resurrección y nos enseña el camino para encontrarnos con el Señor.

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Prosiguiendo nuestros encuentros con los doce Apóstoles elegidos directamente por Jesús, hoy dedicamos nuestra atención a Tomás. Siempre presente en las cuatro listas del Nuevo Testamento, es presentado en los tres primeros evangelios junto a Mateo (cf. Mt 10, 3; Mc 3, 18; Lc 6, 15), mientras que en los Hechos de los Apóstoles aparece junto a Felipe (cf. Hch 1, 13). Su nombre deriva de una raíz hebrea, «ta'am», que significa «mellizo». De hecho, el evangelio de san Juan lo llama a veces con el apodo de «Dídimo» (cf. Jn 11, 16; 20, 24; 21, 2), que en griego quiere decir precisamente «mellizo». No se conoce el motivo de este apelativo.

El cuarto evangelio, sobre todo, nos ofrece algunos rasgos significativos de su personalidad. El primero es la exhortación que hizo a los demás apóstoles cuando Jesús, en un momento crítico de su vida, decidió ir a Betania para resucitar a Lázaro, acercándose así de manera peligrosa a Jerusalén (cf. Mc 10, 32). En esa ocasión Tomás dijo a sus condiscípulos: «Vayamos también nosotros a morir con él» (Jn 11, 16). Esta determinación para seguir al Maestro es verdaderamente ejemplar y nos da una lección valiosa: revela la total disponibilidad a seguir a Jesús hasta identificar su propia suerte con la de él y querer compartir con él la prueba suprema de la muerte.

En efecto, lo más importante es no alejarse nunca de Jesús. Por otra parte, cuando los evangelios utilizan el verbo «seguir», quieren dar a entender que adonde se dirige él tiene que ir también su discípulo. De este modo, la vida cristiana se define como una vida con Jesucristo, una vida que hay que pasar juntamente con él. San Pablo escribe algo parecido cuando tranquiliza a los cristianos de Corinto con estas palabras: «En vida y muerte estáis unidos en mi corazón» (2 Co 7, 3).
Obviamente, la relación que existe entre el Apóstol y sus cristianos es la misma que tiene que existir entre los cristianos y Jesús: morir juntos, vivir juntos, estar en su corazón como él está en el nuestro.

Una segunda intervención de Tomás se registra en la última Cena. En aquella ocasión, Jesús, prediciendo su muerte inminente, anuncia que irá a preparar un lugar para los discípulos a fin de que también ellos estén donde él se encuentre; y especifica: «Y adonde yo voy sabéis el camino» (Jn 14, 4). Entonces Tomás interviene diciendo: «Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?» (Jn 14, 5). En realidad, al decir esto se sitúa en un nivel de comprensión más bien bajo; pero esas palabras ofrecen a Jesús la ocasión para pronunciar la célebre definición: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn 14, 6).

Por tanto, es en primer lugar a Tomás a quien se hace esta revelación, pero vale para todos nosotros y para todos los tiempos. Cada vez que escuchamos o leemos estas palabras, podemos ponernos con el pensamiento junto a Tomás e imaginar que el Señor también habla con nosotros como habló con él. Al mismo tiempo, su pregunta también nos da el derecho, por decirlo así, de pedir aclaraciones a Jesús. Con frecuencia no lo comprendemos. Debemos tener el valor de decirle: no te entiendo, Señor, escúchame, ayúdame a comprender. De este modo, con esta sinceridad, que es el modo auténtico de orar, de hablar con Jesús, manifestamos nuestra escasa capacidad para comprender, pero al mismo tiempo asumimos la actitud de confianza de quien espera luz y fuerza de quien puede darlas.

Luego, es muy conocida, incluso es proverbial, la escena de la incredulidad de Tomás, que tuvo lugar ocho días después de la Pascua. En un primer momento, no había creído que Jesús se había aparecido en su ausencia, y había dicho: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré» (Jn 20, 25). En el fondo, estas palabras ponen de manifiesto la convicción de que a Jesús ya no se le debe reconocer por el rostro, sino más bien por las llagas. Tomás considera que los signos distintivos de la identidad de Jesús son ahora sobre todo las llagas, en las que se revela hasta qué punto nos ha amado. En esto el apóstol no se equivoca.

Como sabemos, ocho días después, Jesús vuelve a aparecerse a sus discípulos y en esta ocasión Tomás está presente. Y Jesús lo interpela: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente» (Jn 20, 27). Tomás reacciona con la profesión de fe más espléndida del Nuevo Testamento: «Señor mío y Dios mío» (Jn 20, 28). A este respecto, san Agustín comenta: Tomás «veía y tocaba al hombre, pero confesaba su fe en Dios, a quien ni veía ni tocaba. Pero lo que veía y tocaba lo llevaba a creer en lo que hasta entonces había dudado» (In Iohann. 121, 5). El evangelista prosigue con una última frase de Jesús dirigida a Tomás: «Porque me has visto has creído. Bienaventurados los que crean sin haber  visto» (Jn 20, 29).

Esta frase puede ponerse también en presente: «Bienaventurados los que no ven y creen». En todo caso, Jesús enuncia aquí un principio fundamental para los cristianos que vendrán después de Tomás, es decir, para todos nosotros. Es interesante observar cómo otro Tomás, el gran teólogo medieval de Aquino, une esta bienaventuranza con otra referida por san Lucas que parece opuesta: «Bienaventurados los ojos que ven lo que veis» (Lc 10, 23). Pero el Aquinate comenta: «Tiene mucho más mérito quien cree sin ver que quien cree viendo» (In Johann. XX, lectio VI, § 2566).

En efecto, la carta a los Hebreos, recordando toda la serie de los antiguos patriarcas bíblicos, que creyeron en Dios sin ver el cumplimiento de sus promesas, define la fe como «garantía de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven» (Hb 11, 1). El caso del apóstol Tomás es importante para nosotros al menos por tres motivos: primero, porque nos conforta en nuestras inseguridades; en segundo lugar, porque nos demuestra que toda duda puede tener un final luminoso más allá de toda incertidumbre; y, por último, porque las palabras que le dirigió Jesús nos recuerdan el auténtico sentido de la fe madura y nos alientan a continuar, a pesar de las dificultades, por el camino de fidelidad a él.

El cuarto evangelio nos ha conservado una última referencia a Tomás, al presentarlo como testigo del Resucitado en el momento sucesivo de la pesca milagrosa en el lago de Tiberíades (cf. Jn 21, 2). En esa ocasión, es mencionado incluso inmediatamente después de Simón Pedro: signo evidente de la notable importancia de que gozaba en el ámbito de las primeras comunidades cristianas. De hecho, en su nombre fueron escritos después los Hechos y el Evangelio de Tomás, ambos apócrifos, pero en cualquier caso importantes para el estudio de los orígenes cristianos.

Recordemos, por último, que según una antigua tradición Tomás evangelizó primero Siria y Persia (así lo dice ya Orígenes, según refiere Eusebio de Cesarea, Hist. eccl. 3, 1), luego se dirigió hasta el oeste de la India (cf. Hechos de Tomás 1-2 y 17 ss), desde donde llegó también al sur de la India. Con esta perspectiva misionera terminamos nuestra reflexión, deseando que el ejemplo de Tomás confirme cada vez más nuestra fe en Jesucristo, nuestro Señor y nuestro Dios.
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